martes, 18 de julio de 2017

Cecilia, Rob y Muriel

Hace unos meses fui a Nueva York a trabajar con mi amiga Cecilia. Cecilia es una persona cuya genialidad nunca deja de sorprenderme. Los días que pasé con ella en Brooklyn fueron como hacerme un implante de neuronas, volví llena de ideas y conceptos nuevos. Reviso mi timeline de Twitter de esas fechas y está lleno de perlas como esta:
En ese viaje conocí a este niño, a Pricess Nokia y una enorme cantidad de frikis y artistas más. Entre ellos hay que destacar a un astrólogo que se llama Rob Brezny. Rob, es una mezcla en Rapel y Freud. Y he de confesar que estoy enganchada a sus horóscopos semanales. Si. Al principio me los leía en la web, todos los martes a mediodía me metía en es horror - la usabilidad no es le fuerte de Rob- y conseguía, no se muy bien como, entrar en Tauro y tener mi porción de autoayuda visionaria de la semana. Últimamente me los manda mi querida Cecilia, en un email que dirige a un grupo que denomina los "Children of the Sun". Me encanta ser Children of the Sun, es lo más. 

Esta semana Rob me dice que tengo que encontrarme a mi misma, visitando mis raíces, buceando en mi interior y que así encontraré la paz y el equilibrio que me harán fuerte y segura durante los próximos meses. Y creo que tiene que razón. De modo que me he puesto a pensar en mis raíces.

Hoy es 18 de julio, día del alzamiento nacional. Yo no lo sabría si mi querida amiga del alma, Muriel Garcia de la Riva no me lo hubiera metido en el cortex a base de años de soliloquio. Muriel era republicana pero nació un día como hoy. Muriel es parte de esas raíces de las que me habla Rob. Cuando miro para dentro siempre la encuentro. Supongo que en eso consiste la inmortalidad, en vivir en los demás. 

Así que hoy, mirando hacia dentro, encontrándome con Muriel, he decido tener mucha paciencia y mucho amor y buen humor. Y lo que podía haber sido un día de mierda, se ha convertido en un gran día, gracias a Cecilia, a Rob y por sobretodo a Muriel. 

jueves, 4 de mayo de 2017

El señor redondo

En mi calle vive un señor. Es un hombre mayor, de edad indefinida, es redondo, su cara está hinchada, su panza está hinchada, sus ojos están hinchados, tan hinchados que a veces parace increíble que pueda ver algo por ellos. Es un hombre redondo e hinchado, por el alcohol. No sé cuánto beberá. De vez en cuando le veo con un brick de vino de mesa. Pero pocas veces. En general o le veo paseando, bajando un par de manzanas, o distingo su silueta debajo de los plásticos con los que se cubre en el banco que le sirve de casa. 
El señor redondo está hecho una pena. Está hinchando por fuera pero también por dentro. 
Cuando me cruzo con él liviana como voy últimamente me pregunto qué puede llevar a alguien a dejarse vencer así y decidir que no quiere vivir más. Me pregunto si algo así me podría pasar a mí. 
No sé porque no hago más que pensar que la vida se acaba. ¿Será la crisis de los 40? No creo, releyendo el blog me doy cuenta que la volatilidad de nuestro paso por este mundo siempre me ha obsesionado. Lo que más me asusta es vivir pensando que me puedo morir o vivir pensando que no me voy a morir nunca. La vida me parece el más preciado bien que tenemos. Me parece que tenemos la obligación de respetarla y cuidarla. Por eso me cuesta entender al señor que vive en mi calle, ¿qué le ha pasado para que se haya rendido así?
Conozco a muchísima gente que no soporta la esencia de la vida y se evaden hasta puntos de que se van y no viven. Me encantaría que existiera un sistema para poder hacerles sentir el chorro de energía universal que se percibe cuando se valora cada instante vivido desde la consciencia de que es un privilegio. ¿Para cuando el transcomutador de emociones? Habrá que preguntar al CSIC.
(Perdón por las erratas, escrito y publicado desde teléfono móvil).

lunes, 1 de mayo de 2017

El sueño

Tengo un sueño recurrente. 
Me voy de viaje a Africa, a un país que tiene mucho verde y desierto. Voy con Perico. Vamos en avión. El viaje a veces tiene una o dos partes. Si hago trasferencia me suelo perder en aeropuerto y me encuentro con alguien conocido en la fila. 
Al despegar tenemos un problema. La pista no es suficientemente larga y el
avión acaba intentando despegar por una carretera que tiene postes de luz de madera. En un momento el avión tiene que subir porque hay un puente. Y entonces sube en vertical, recto, hacia el cielo, y ya toma camino. 
Una vez en ese país africano visitamos la parte de despierto. Tiene ruinas como egipcias y africanas, con un pueblo en el desierto de casas de adobe, todo de tierra. 
No sé cómo pasamos de ahí al cabo. El cabo es un espacio tropical lleno de vegetación al que vamos accediendo por una costa súper angosta. Arriesgando nuestras vidas pasamos por una zona casi imposible y llegamos a un espacio magnífico, precioso con agua transparente y caliente y peces. También hay un pueblo, de pescadores. Casitas de madera de colores en el borde del mar entre las palmeras.

Hoy he soñado que volvía ahí. Estaba con los niños. Íbamos con alguien más, alguien mayor. Llegamos al cabo y estaba lleno de gente, no había que rodearlo, habían hecho.
Una cuestas de cantos que llevaba al final del cabo. No había naturaleza. Las casitas estaban abandonadas y todo estaba construido feo, no se podían nadar en el mar, había obras. 

Veo todo tan claro en el sueño que a veces cuando me despierto dudo si llamar a Perico para preguntarle si de verdad hemos estado ahí o no. 

Me ha asustado hoy ver todo tan destrozado. 

Me pregunto si significará algo. Me pregunto si de alguna forma alguna vez he estado y si de alguna forma he visto el pasado y el futuro porque se parece mucho a lo que está pasando en otros sitios.

Y pienso que somos un asco de especie. Y me duermo un rato más. 

miércoles, 26 de abril de 2017

Tus cosas buenas, y las mias

In Heaven Everything is fine
You got your good thing
And I've got mine
Pixies

Toda la vida buscando ese cielo en el que todo está bien, y yo pueda tener mis cosas buenas y tú, quien seas, también.
Hay días que me parece que ese cielo solo existe si yo estoy sola en él, es como si fuera imposible tener las cosas buenas cuando el espacio es compartido.
Otros días el cielo es inconcebible sin compañía. Los que más. Los más satisfactorios, pero también los más dolorosos.

Equilibrio, paz y alegría ¿sola o acompañada? El eterno debate de los budistas y los cristianos, la transcendencia a través de una misma sola o a través de los demás renunciando a si misma. ¿Que hacemos las que queremos las dos cosas?¿Se trata de un problema de una sociedad mal concebida que no permite al individuo ser lo quiere, lo que necesita ser, a la vez que consigue encontrar un espacio sostenible en comunidad?

Yo me digo que si, que es un problema social, que podemos conseguir ser, dejar ser y al mismo tiempo ayudar a ser. Tengo que escribírmelo en un papel y colgarlos en una pared como un mantra para que no se me olvide.

lunes, 17 de abril de 2017

Ojalá todo el mundo pudiera volar

A veces me siento ligera. Ligerísima. Etérea.
Me gusta sentirme así porque no me canso nunca.
Noto como me traviesa la luz, y la energía.
Siento que si me concentro puedo volar. A veces sueño que vuelo. Muevo los brazos, como si estuviera nadando y me despego del suelo y me paseo por el techo de las casas, suspendida en el aire, avanzando a brazadas.

Pero a veces me siento pesada como una losa de cemento armado.
Peso tanto que le pecho se comprime y no puedo respirar.
Peso tanto que no me puedo mover.
Es tan tremendo el peso que lo tengo que romper de algún modo. Y cuando me doy cuenta me esfuerzo y respiro fuerte fuerte, me lleno de aire, hasta que las costillas no dan mas de si, y lo dejo salir fuerte fuerte, y repito. Y luego lloro. Y luego escribo. Y ya me siento mejor.

Me siento ligera porque la vida es una experiencia magnífica. Es un privilegio. Es lo único que tenemos, no hay más, eso o La Nada.
Me siento pesada porque hay mucho sufrimiento injusto. También me pesa la perdida de los seres queridos.
Mi equilibrio en todo esto: el amor. Amar la vida, amar a las personas, amar la tierra, amar en el sentido más amplio del termino, amar de venerar con amor, de recordar con amor, de perdonar.
El amor me hace ligera.
El desamor se convierte rápidamente en cosas que pesan mucho.

No puedo dejar de preguntarme si esto del amor le servirá a todo el mundo o solo nos sirve a unas pocas.
Ojalá le sirviera a todo el mundo.
Ojalá todo el mundo pudiera volar cómo yo.

jueves, 15 de mayo de 2014

y empiezo de nuevo

Este es un texto que muy poca gente leerá porque este blog ya casi no lo lee nadie. Lo he abandonado, casi como en cierto sentido me he abandonado a mi misma desde que tengo un trabajo fijo y mi vida empezó a ser algo más lineal. Digo algo más lineal porque creo que no puedo aceptar una vida lineal. No me debe gustar. Cuando me meto en todos esos líos en los que me meto a veces me da por añorar la simplicidad de una vida sencilla, una vida de esas con un patrón de un solo trazo llena de falsas seguridades y plagada de tópicos de Walt Disney. Pero la realidad es que en cuanto me queda un mínimo esbozo de paz consigo arreglármelas para romperlo, de modo que entiendo que la paz no debe de ser para mí.

Hoy estoy agitada. Comida por fantasmas que en realidad no son tales, hundida por el peso de mis decisiones locas y con una tremenda sensación de que podría estar haciendo más por mí y por mis compañeros. Soy una apasionada y eso es mi mayor virtud y mi mayor condena. No sé despojarme de ese fuego irracional que combustiona mis pensamientos y mis actos. A veces me veo como un personaje de comedia griega, siempre llorando ya sea de risa, de emoción o de dolor. Lo siento todo tanto que me extraña no tener ya todo el pelo cano.

Hace un par de años, antes de llegar a donde estoy ahora tuve una época especial. Fueron unos años muy especiales llenos de aprendizaje. Fueron años muy duros, difíciles pero tan sumamente enriquecedores. Trabajé con gente que me ayudo a crecer como pocas veces antes en mi vida. Empecé a tener convicciones muy fuertes, sobre mí, sobre el equilibrio entre mi yo y mi alrededor. Me dediqué tiempo y le dediqué tiempo al mundo que me rodeaba. Lo echo de menos. Ahora me miro y ya no me veo. No me queda resuello. No escribo. No leo. No observo. No tengo tiempo, o fuerzas o fuerzas para encontrar ese tiempo. Más bien esto último.

Añoro mis viajes en el tren de cercanías desde Vicálvaro al centro de Madrid. En esos trenes viajaba mucha gente que me recordaba todos los días la miriada de vidas que coexisten tan cerca de nosotros. Los trabajadores extranjeros, los pobres desdentados de El Pozo, la clase media oficinista, los abuelos que cuidan a los nietos para que sus hijas puedan trabajar. En medio de eso yo, una especie de bestia parda, mixta, polivalente, un oximoron con patas. Echo de menos esa realidad que me hacía sentirme tan viva. Ahora a veces me siento en una burbuja, recibiendo toda la información en diferido mientras pierdo la fe en mi humanidad.

El otro día vi una obra de teatro que recordó todo lo que soy y lo que puedo ser. “Un pedazo invisible de este mundo”. Me recordó que tenemos muchas cosas por las que luchar. Hay que cambiar el mundo, desde adentro hacia afuera. Pero ayer se me olvidó todo y me caí en un pozo muy negro y muy feo. Ayer se me olvidó que yo soy muy necesaria, como lo eres tu que me lees. Se me olvidó que si yo estoy bien el resto da igual. Se me olvidó que la vida es del color de la que lo pintas, y dejé que una minucia me ensuciara el cuadro en el que quiero vivir.


Deberíamos ser mucho más listas. Deberíamos ser mucho más enteras. Todavía más. Porque somos muy necesarias. Todas. Y todos. Después de visitar los infiernos, reboto en el fondo y empiezo a subir como una sirena, deslizándome a través de este post. Me cambio mi anillo de dedo para recordar que tengo que tomarme el tiempo de ser lo que quiero ser. Y empiezo de nuevo. Mucho mejor. 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Una estrella más


Estoy en mi terraza disfrutando del sol y el calor que hace. El termómetro fuera marca 6 grados pero aquí no hace menos de 24. Las ventanas de la terraza hacen efecto lupa y el sol me quema los brazos. Tengo las piernas en alto apoyadas sobre la mesa. Veo todo Madrid. 
Tengo ganas de llorar. Supongo que lo necesito. Pero sé que las lágrimas no van a cerrar el hueco que siento dentro.
Me estoy achicharrando aquí, así que decido pasar de la terraza y de las vistas y ver un capítulo de Newsroom en streaming. Cinco capítulos más tarde he conseguido acabarme la segunda temporada. Me duele ligeramente la cabeza.
Recuerdo cosas y lloro.
Una vez uno de los socios de la firma de consultoría que dirigí en Bruselas me dijo: “Percibimos nuestra vida a través de las vidas de los demás. Cuando muere tu abuelo, subes un escalón hacia el final de tu vida. Cuando mueren tus padres sientes que el siguiente vas a ser tu”.
Por desgracia la vida no es tan lineal y a veces los hijos mueren antes que los abuelos. Pero sí que es cierto que hay algo en toda esa jerarquía vital que sustenta en cierto modo nuestro equilibrio emocional.
También está esa sensación de la perdida. Esa sensación de “no voy a volver a verte”.
Y a mi edad también está la proyección del dolor de la gente que se queda aquí, a la que también quiero y tendrá que vivir sin esa presencia.
Siempre lo digo. Nuestra cultura judeocristina es un asco para estas cosas. Las pérdidas se sienten con tanto dolor que es muy difícil llenar el hueco que dejan. Nuestra cultura no nos da recursos para asumir la perdida, para aceptar la naturalidad de la muerte que es intrínseca a la vida.
Se está poniendo el Sol y creo que ya está bien de duelo por hoy. Me voy a peinar, a pintar, a tomar un ibuprofeno y a trabajar un rato hasta que vuelvan mis hijos.
Hoy hay una estrella más en cielo y me quedo con el recuerdo y la sensación de privilegio de lo vivido.

Y así la vida sigue, brava y llena de emociones, de salidas y de entradas. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Acabar con los malditos


Hoy es #25S.

Tenía que estar durmiendo pero he visto un video de esos que están rulando por Twitter y ahora no puedo dejar de llorar. Llevo asi toda la noche, llorando amargamente por un colectivo ingrato que no ha sabido valorar lo que tenía y lo que era capaz de tener.

Los primeros a los que maldigo es a aquellos que tienen el poder directo de cambiar las cosas y no lo han hecho. Cargos públicos, políticos, que se han sentido tan cómodos en el sistema fangoso que hemos ido creando que no les ha interesado variarlo. Visión ególatra y cortoplacistas que nos ha sumergido en una crisis estructural tan grande que es una olla a presión.
Los segundo a los que maldigo es a los que no quisieron ver, que siguen sin querer ver, que han decido que quieren la píldora roja, la realidad virtual, y que creen que tapándose los ojos conseguirán hacer que pase la realidad incomoda que nos rodea.
También maldigo a los que no tienen nada por lo que luchar que sea tangible y se crean fuegos fatuos de revoluciones con lucha armada que cambian el mundo sin muertos.
Tan ciegos unos como otros, tan egoístas todos, los maldigo porque van a acabar con nosotros y no se dan ni cuenta.

Podemos cambiar el mundo, pero sabemos que existen formas de hacerlo sin que tenga que haber destrucción. Debemos cambiar el mundo, aunque no nos apetezca, porque ya es insostenible.
No hay que arreglar nada, hay que aceptar que empieza una nueva era, y hay que hacerlo con esperanza, ilusión y mucho amor. Y solo así, acabaremos realmente con lo malditos, de una vez por todas. 

lunes, 6 de agosto de 2012

LowCost Festival, EL Festival


En el año 2006 dirigí el proyecto internacional liderado por el FIB (Festival de Benicassim) UnPopclassik. Ese año me despedí de los grandes festivales de música. Después de años de frenética actividad, de ir a conciertos casi todos los días y hacerme más de 40 festivales internacionales en menos de dos años, de repente paré. Me hastié.

Desde entonces había vuelto a ir a algún festival. De hecho trabajo con y para grandes Festivales de música así que ocasiones no me han faltado. Pero llevo muchos años con la impresión de que mi tiempo de festivales ya había pasado, sin que eso me perturbara mucho, la verdad.

El año pasado estuve un par de días en un esplendido festival que tiene lugar en París, el Rock en Seine. Me encantó. Me lo pasé genial. No fui tanto al festival por su cartel sino más bien a ver a mis amigos programadores, directores, gente de producción de otros festivales francófonos. Pero disfruté con la música y el ambiente. Me encantaron los WC ecológicos de cartón que usaban un sistema de compostaje inoloro y no contaminante, los vasos reutilizables, no tener que hacer colas, los espacios amplios para sentarse, la guardería gratuita hasta el final del festival a las 01:00.

Esta fue la historia que les conté a los 3 organizadores del Low Cost Festival cuando les conocí. Y la compraron. Y así este año nos hemos encontrado todo el equipo de @universovivo trabajando como nunca hasta ahora en un Festival que nos ha permitido hacer realidad muchas de nuestras propuestas. Eso ya es un buen comienzo ¿verdad? Cuando uno llega a uno de los dos escenarios principales y ve que todas las lonas van dedicadas a la campaña de sostenibilidad que hemos diseñado: Lower contaminación Lovver música, pues ya pueden sonar cacofonías que uno oye cantos de ángeles.

Pero ya más en serio. Las acciones de sostenibilidad son indispensable para que gente como yo se sienta a gusto. Ver un recinto lleno de gente que lleva su vaso colgado, sin apenas residuos en el suelo, y sobre todo concienciados!!! es decir que saben que llevan ese vaso para no contaminar, eso es ya de por si un orgullo. Ver a los artistas entregarse a fondo y que gente como Ivan Ferreiro, Is tropical o Triangulo de amor bizarro renunciarán a sus efectos de luces por ayudarnos a sensibilizar sobre el cambio climático, eso es sublime.

Pero el Low Cost ha sido para mí mucho más. Espacio, comodidad, calidad, facilidad. Un recinto cómodo, unos servicios buenos, un estilo diferente. Ver a los grupos de cerca o de lejos, como prefieras. De repente he vuelto a disfrutar de la música. Que el cartel no era excepcional, dirán algunas. Pues ya no se que es una cartel excepcional. Y además de que me vale un super cartel si no puedo disfrutar oyendo la música como yo quiero. Pero a mi me parecieron excepcionales grupos como Fuel Fandango, El Columpio Asesino, Jero Romero (impresionante directo), Putilatex (tremendos), Annie B Sweet (ya era fan), y algún otro más.

Y a los grandes escenarios se suman, el karaoke con música en directo y los mini conciertos del escenario Sol Música.

Y luego las infraestructuras de la ciudad. Millones de hoteles. Y Benidorm. Es como una aventura en si mismo. Como me dijo la directora del Festival Carolina, “nosotros no pretendemos traer el glamour a Benidorm, queremos que la gente que venga lo disfrute tal y como es”. Es decir simplemente genial, anacrónico y lleno de posibilidades al alcance de todos.

Tengo la certeza de que los festivales son más que música. Y así lo creen también los directores del Low Cost Festival. De modo que sé que esto es solo el principio. Porque es un festival con ganas y sin miedo al cambio. Como yo. Como nosotros (¿?)

En fin que el Low Cost me ha devuelto muchas cosas que había perdido. Larga vida al Low Cost Festival!!

lunes, 9 de julio de 2012

El bien y el mal


Cuando trabajaba como lobbista en Bruselas me empeñaba en decir que nada era blanco o negro, que todo era gris. ¿Cómo sino iba a justificar mi trabajo?

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que el gris no existe. Como decía el profesor Pizarroso “no hay gente de centro, solo de derechas o de izquierdas”, porque, efectivamente, si alguien se tiene que definir de izquierdas o derechas en un gradiente del 1 al 10 el 5 siempre es derechas y el 6 izquierdas.
Así que ahora soy más radical. El que calla otorga. El que no denuncia es culpable. El que no actúa forma parte del problema. Lo que está mal está mal y no hay matices.

Pero tan radical soy en mi lectura del bien y del mal como en la de nuestra capacidad para eludir el mal y solo hacer el bien. Coexistimos con ambos valores y aceptamos cosas que están mal porque no somos capaces de hacer otra cosa.

¿Porque no somos capaces de evitar el mal? Pues muchas veces porque hay demasiado y nos diluiríamos en la lucha. Otras porque estamos cansados, porque aceptamos que forma parte del juego, porque no somos capaces de identificarlo.

Esto tan abstracto es impactante en lo concreto. Os pongo un ejemplo. Muchas ONGs se niegan a trabajar con petroleras, a aceptar su dinero sucio de sangre y espolio. Sin embargo, todas ellas usan la gasolina en algún momento. Es inevitable. ¿o no?

Llevado a la cotidianeidad también es rompedor. Pensad en algo que os destrozaría que os hicieran, algo que consideráis que es malo, como por ejemplo engañar. Pero seguro que alguna vez habéis engañado a alguien.

En ambos caso, el general y el específico, el mal es menos malo cuando lo hace uno. Las ONGs consideran legítimo usar el coche, porque ellas lo hace, pero no legítimo cerrar acuerdo con las petroleras porque ellas no lo hacen. El que engaña siempre considera que los atenuantes de su engaño lo justifican, pero cuando se vive un engaño el dolor no remite porque existan atenuantes.

Entre estos dos ejemplos podéis empezar a meter lo que os plazca, el político corrupto, el taxista que os tima, el presidente que permite un Guantánamo, el que abusa del poder.

¿Solución? Pues a mi se me ocurre un camino que es empezar por uno mismo y ser lo mas coherente posible después. Todo pasa obviamente por dedicarle tiempo a pensar. Pensar antes de hacer, pensar cuando se hace y pensar después. No pensar con la cabeza, pensar con el corazón. Ponerse en la piel de la persona a la que dañamos, ponerse en la piel del indio expoliado sin tierras, ponerse en la piel del que no tiene para que nosotros tengamos, buscar alternativas que sean buenas y disfrutar de ellas para vivir mejor. Porque amigos, se vive mucho mejor, haciendo el bien que el mal.

Les dejo con el lema de mi casa, que a mí me ayuda a seguir avanzando por el camino que quiero: bondad, alegría y amor. Que lo disfruten también.