miércoles, 20 de septiembre de 2017

Flashback


Me he tenido que poner la banda sonora de los niños del coro para poder trabajar esta noche. Tengo muchísimo trabajo y no puedo permitirme dedicar mi noche a leer, tuitear, facebookear, y seguir indignándome en compañía digital. Así que para recordar que en el mundo hay más que lo que está pasado hoy en España me dejo invadir por la música nostálgica de Bruno Coulais.

Pero soy incapaz de no volver a entrar en la actualidad. Es que no puedo soportarlo. Mi querida Marcela cuenta como en Barcelona la gente está haciendo una cacerola desde sus casas y que llevan 10 minutos pegándole con los helicópteros sobrevolando la ciudad.
Mientras, yo leo el clipping diario sobre inmigración y es todo horroroso, el discurso anti-migratorio calando por toda Europa a tope.
La ley y el orden y los demás, de nuevo enfrentados. Solo que está vez, yo estoy indignada pero estoy asustada también. Muchas cosas han cambiado. El 15M se fraguó durante el gobierno de Zapatero. El gobierno de Rajoy no es igual. Es un gobierno autoritario que hemos dejado crecer como un monstruo porque estábamos cansados de luchar. Estábamos agotados después del 15M. Y ahora el gobierno tiene unas armas que está dispuesto a usar en nombre de la Ley y el orden. Y la violencia genera siempre violencia. Siempre.
Violencia en España, violencia en Europa, violencia en America. Discursos que cada vez se parecen más, lo de la ley y el orden y los de los otros. Un mundo polarizado, las dos tapas de un sandwich y en medio los que no tienen nada.
Se oyen sirenas cerca del congreso de los diputados subiendo hacia Sol. Me recuerda a cuando veía entrar las lecheras por la A3 durante el 15M.

Que mi miedo se transforme en orgullo, y mi pena en fuerza. Solo pido eso. Quiero ver todo esto como una oportunidad otra vez, quiero verlo con ilusión y con la certeza de que podemos cambiarlo.

A ver si encuentro todos esos sentimientos dentro que deben de estar en algún lado.

Fin.

domingo, 17 de septiembre de 2017

La certeza de estar donde debo


Me resulta muy difícil tener certezas. Eso no quiere decir que tenga un pensamiento voluble. Combino la incertidumbre con firmeza en valores sin lo que no sería capaz de vivir en paz conmigo misma.

Pero desde hace unos meses tengo una certeza, la de estar por primera vez en vida donde tengo que estar, haciendo lo que debo hacer. Las que me conocen dirán que yo siempre estoy bien donde estoy. Es cierto. Soy una persona optimista y apasionada, siempre. Pero nunca antes de ahora había tenido la certeza de que mi trabajo es adecuado e imprescindible. 

Lo que está sucediendo con los movimientos de las personas en el mundo es un horror. La falta de libertad de movilidad humana siempre me ha causado mucho estupor y no la puedo entender, teniendo en cuenta que yo he pasado mi vida movimiéndome. Siempre me costó entender que no se pudiera ir a EEUU libremente por ejemplo. Ahora no puedo entender que no dejen moverse libremente a millones de personas solo porque nacieron en el sitio equivocado. 

Todos los días recibo noticias de cosas relativas a la inmigración que están sucediendo en el mundo. Y tengo el alma partida. Es todo un sin sentido que no tiene ninguna explicación. Si lo piensan es absurdo que el derecho a la libertad de movimiento esté limitado por tu nacionalidad, extrapolen a por tu sexo, por tu color de piel, incluso por la provincia en la que naciste. Pero la demagogia sobre el tema es tal que los que entendemos que es absurdo nos vemos intentando justificar ¡¡por qué la libertad de movimiento es un derecho!!! 

No puedo de verdad. A veces tengo que pararme y respirar muy hondo y recordar que yo sólo sé cambiar las cosas con amor y optimismo porque lo que me apetece es gritar y pegar y poner velas a la virgen para que caiga el meteorito que nos permitirá resetear el mundo otra vez.

Y en todo este marco siento sobre mis hombros el peso de la responsabilidad de sacar a mi organización a flote, contra viento y marea, contra todo tipo de presiones, contra todo tipo de rechazos. Somos molestos, somos únicos, somos raros. Y defendemos lo que nadie quiere defender, el derecho que tenemos todas a movernos libremente. 

A veces tengo ganas de dejarlo todo e irme a Tailandia con mis hijos y su padre a esperar tranquilamente a que impacte el meteorito. Luego pienso que para eso siempre hay tiempo. Así que por el momento me quedo aquí porque además, tengo la certeza de que es donde debo estar.



Parábolas del subconsciente

No quiero plantas. Se mueren. No todas las plantas se mueren. Pero las mías se mueren siempre. No sé cuidarlas. El otro día me regaló una planta y me emocioné. Me hizo tanta ilusión. Yo no me la habría comprado nunca. Pero una vez que la tienes...la quieres. Y empecé a pensar "se va a morir", "se me va a olvidar regarla" "¿tendré que echarle abono?". Así que durante los 5 días siguientes la regué muchísimo, le puse abono a tope, incluso le hablé. Pero cada vez la veía peor, cada día más lánguida. Al sexto día me encontré la planta toda pocha. Se murió.

No quiero gatos. Son muy independientes y se van. No todos los gatos se van. Pero los que yo tengo se van siempre. El otro día me regaló un gato. Era callejero. Lo había encontrado malherido debajo de su coche. Llego y me lo plantó ahí y se piró. "¿Que hago yo con el gato ahora?" Pero el gato resultó ser un amor. El primer día durmió en mi cama. A mí me daba miedo moverme para no despertarle. Me emocionó tanto tener compañía. Esa sensación de amor incondicional. Me levanté por la mañana con el corazón enorme, lleno de amor. Abracé al gato con todas mis fuerzas. Casí lo ahogo. Durante 5 días viví obsesionada con el gato. Cada vez que lo veía en casa lo agarraba para achucharlo y recuperar esa maravillosa sensación de apego. Al sexto día el gato desapareció.

No quiero peces. Se mueren. No todos los peces se mueren. Mis peces se mueren siempre. El otro día me regaló un pez. Era muy gracioso, de color naranja, brillaba muchísimo. Metido en una pecerita redonda. Me puse a mirar el pez y quedé embelesada. Se me había olvidado lo que era poder observar a un ser vivo subir y bajar. Es tan relajante mirar un pez. Pero da tanta pena en la pecera. Le dí de comer el primer día y la pecera se ensució un montón. Así que el segundo día la limpié. El tercer día agobiada le dí de comer otra vez. Pero como tuve una semana horrible, no pude cambiarle el agua. Y seguí dandole mucha comida. Al sexto día me lo encontré flotando panza arriba en la pecerita redonda. Se murió.

Mi amiga Cristina me ha dicho que en realidad lo que hago es matar a las plantas, agobiar a los gatos y matar a los peces porque me da miedo tenerlos. Me da miedo tomarles cariño y sufrir mucho después. Exploto de emoción cuando los tengo y me asusto y los hago desaparecer. Y lo he pensando bien y creo que tiene razón. Así que hasta que no esté preparada para tener una planta, un gato o un pez, no pienso aceptar ni uno más. Porque cuando se mueren, aunque sea mi subconsciente el que los mata, sufro como una cerda. Se me pasa pronto, pero el dolor es igual de intenso. O eso, o encuentro un día la planta, o el gato o el pez que sea capaz de aguantar el primer envite de mi amor desbordante, que lo mata todo.


Fin.


martes, 12 de septiembre de 2017

Te preguntaría tantas cosas


Te preguntaría tantas cosas. Te preguntaría que tal tu espalda. Y que tal la mirada acero azul clarito inspirada en un estilista del que ya no recuerdo el nombre. Te preguntaría su nombre. Te preguntaría sobre los bitcoins, y sobre si crees que se puede cambiar el mundo con ellos, y sobre todo dar más opciones a la gente que se mueve por el mundo sin derechos. Te preguntaría si en la subred hay más herramientas que sirven para cambiar el mundo. Te preguntaría porque los de Anonimous son unos “pringados”. Te preguntaría si por casualidad Manuela no acabó entrando en la antigua oficina de tu empresa una vez que fuimos a ver a Javier y estuvimos hablando con la gente un rato, y si estabas tú. Te preguntaría como se llama tu empresa, otra vez. Te preguntaría si crees que se puede arreglar un vídeo que es una chapuza. Te preguntaría si eres capaz de hacer marcas de colores en cuellos de cisnes, otra vez. Te preguntaría que comida te gusta, de verdad. Te preguntaría sobre los jabalíes, porqué son tu animal favorito después del gato. Te preguntaría si te gusta la canción "So Far" que escucho mientras escribo. Te preguntaría que música te gusta, de verdad. Te preguntaría si te asustan mis preguntas. Te preguntaría si prefieres que te pregunte por escrito o mirando a la gente antebrazo contra antebrazo o....
Y preguntando seguro que tendría más preguntas. 

Pero no sé quien eres. 

Así que me quedaré con todas estas preguntas guardadas en mi pequeño corazón, intentando que no se rompa de la presión. Hasta que el tiempo y el gazpacho se las lleven a otro sitio. Es una pena porque son preguntas preciosas, nunca tuve unas preguntas así antes. 

Y se murió. Fin



martes, 18 de julio de 2017

Cecilia, Rob y Muriel

Hace unos meses fui a Nueva York a trabajar con mi amiga Cecilia. Cecilia es una persona cuya genialidad nunca deja de sorprenderme. Los días que pasé con ella en Brooklyn fueron como hacerme un implante de neuronas, volví llena de ideas y conceptos nuevos. Reviso mi timeline de Twitter de esas fechas y está lleno de perlas como esta:
En ese viaje conocí a este niño, a Pricess Nokia y una enorme cantidad de frikis y artistas más. Entre ellos hay que destacar a un astrólogo que se llama Rob Brezny. Rob, es una mezcla en Rapel y Freud. Y he de confesar que estoy enganchada a sus horóscopos semanales. Si. Al principio me los leía en la web, todos los martes a mediodía me metía en es horror - la usabilidad no es le fuerte de Rob- y conseguía, no se muy bien como, entrar en Tauro y tener mi porción de autoayuda visionaria de la semana. Últimamente me los manda mi querida Cecilia, en un email que dirige a un grupo que denomina los "Children of the Sun". Me encanta ser Children of the Sun, es lo más. 

Esta semana Rob me dice que tengo que encontrarme a mi misma, visitando mis raíces, buceando en mi interior y que así encontraré la paz y el equilibrio que me harán fuerte y segura durante los próximos meses. Y creo que tiene que razón. De modo que me he puesto a pensar en mis raíces.

Hoy es 18 de julio, día del alzamiento nacional. Yo no lo sabría si mi querida amiga del alma, Muriel Garcia de la Riva no me lo hubiera metido en el cortex a base de años de soliloquio. Muriel era republicana pero nació un día como hoy. Muriel es parte de esas raíces de las que me habla Rob. Cuando miro para dentro siempre la encuentro. Supongo que en eso consiste la inmortalidad, en vivir en los demás. 

Así que hoy, mirando hacia dentro, encontrándome con Muriel, he decido tener mucha paciencia y mucho amor y buen humor. Y lo que podía haber sido un día de mierda, se ha convertido en un gran día, gracias a Cecilia, a Rob y por sobretodo a Muriel. 

jueves, 4 de mayo de 2017

El señor redondo

En mi calle vive un señor. Es un hombre mayor, de edad indefinida, es redondo, su cara está hinchada, su panza está hinchada, sus ojos están hinchados, tan hinchados que a veces parace increíble que pueda ver algo por ellos. Es un hombre redondo e hinchado, por el alcohol. No sé cuánto beberá. De vez en cuando le veo con un brick de vino de mesa. Pero pocas veces. En general o le veo paseando, bajando un par de manzanas, o distingo su silueta debajo de los plásticos con los que se cubre en el banco que le sirve de casa. 
El señor redondo está hecho una pena. Está hinchando por fuera pero también por dentro. 
Cuando me cruzo con él liviana como voy últimamente me pregunto qué puede llevar a alguien a dejarse vencer así y decidir que no quiere vivir más. Me pregunto si algo así me podría pasar a mí. 
No sé porque no hago más que pensar que la vida se acaba. ¿Será la crisis de los 40? No creo, releyendo el blog me doy cuenta que la volatilidad de nuestro paso por este mundo siempre me ha obsesionado. Lo que más me asusta es vivir pensando que me puedo morir o vivir pensando que no me voy a morir nunca. La vida me parece el más preciado bien que tenemos. Me parece que tenemos la obligación de respetarla y cuidarla. Por eso me cuesta entender al señor que vive en mi calle, ¿qué le ha pasado para que se haya rendido así?
Conozco a muchísima gente que no soporta la esencia de la vida y se evaden hasta puntos de que se van y no viven. Me encantaría que existiera un sistema para poder hacerles sentir el chorro de energía universal que se percibe cuando se valora cada instante vivido desde la consciencia de que es un privilegio. ¿Para cuando el transcomutador de emociones? Habrá que preguntar al CSIC.
(Perdón por las erratas, escrito y publicado desde teléfono móvil).

lunes, 1 de mayo de 2017

El sueño

Tengo un sueño recurrente. 
Me voy de viaje a Africa, a un país que tiene mucho verde y desierto. Voy con Perico. Vamos en avión. El viaje a veces tiene una o dos partes. Si hago trasferencia me suelo perder en aeropuerto y me encuentro con alguien conocido en la fila. 
Al despegar tenemos un problema. La pista no es suficientemente larga y el
avión acaba intentando despegar por una carretera que tiene postes de luz de madera. En un momento el avión tiene que subir porque hay un puente. Y entonces sube en vertical, recto, hacia el cielo, y ya toma camino. 
Una vez en ese país africano visitamos la parte de despierto. Tiene ruinas como egipcias y africanas, con un pueblo en el desierto de casas de adobe, todo de tierra. 
No sé cómo pasamos de ahí al cabo. El cabo es un espacio tropical lleno de vegetación al que vamos accediendo por una costa súper angosta. Arriesgando nuestras vidas pasamos por una zona casi imposible y llegamos a un espacio magnífico, precioso con agua transparente y caliente y peces. También hay un pueblo, de pescadores. Casitas de madera de colores en el borde del mar entre las palmeras.

Hoy he soñado que volvía ahí. Estaba con los niños. Íbamos con alguien más, alguien mayor. Llegamos al cabo y estaba lleno de gente, no había que rodearlo, habían hecho.
Una cuestas de cantos que llevaba al final del cabo. No había naturaleza. Las casitas estaban abandonadas y todo estaba construido feo, no se podían nadar en el mar, había obras. 

Veo todo tan claro en el sueño que a veces cuando me despierto dudo si llamar a Perico para preguntarle si de verdad hemos estado ahí o no. 

Me ha asustado hoy ver todo tan destrozado. 

Me pregunto si significará algo. Me pregunto si de alguna forma alguna vez he estado y si de alguna forma he visto el pasado y el futuro porque se parece mucho a lo que está pasando en otros sitios.

Y pienso que somos un asco de especie. Y me duermo un rato más.

Fin

miércoles, 26 de abril de 2017

Tus cosas buenas, y las mias

In Heaven Everything is fine
You got your good thing
And I've got mine
Pixies

Toda la vida buscando ese cielo en el que todo está bien, y yo pueda tener mis cosas buenas y tú, quien seas, también.
Hay días que me parece que ese cielo solo existe si yo estoy sola en él, es como si fuera imposible tener las cosas buenas cuando el espacio es compartido.
Otros días el cielo es inconcebible sin compañía. Los que más. Los más satisfactorios, pero también los más dolorosos.

Equilibrio, paz y alegría ¿sola o acompañada? El eterno debate de los budistas y los cristianos, la transcendencia a través de una misma sola o a través de los demás renunciando a si misma. ¿Que hacemos las que queremos las dos cosas?¿Se trata de un problema de una sociedad mal concebida que no permite al individuo ser lo quiere, lo que necesita ser, a la vez que consigue encontrar un espacio sostenible en comunidad?

Yo me digo que si, que es un problema social, que podemos conseguir ser, dejar ser y al mismo tiempo ayudar a ser. Tengo que escribírmelo en un papel y colgarlos en una pared como un mantra para que no se me olvide.

lunes, 17 de abril de 2017

Ojalá todo el mundo pudiera volar

A veces me siento ligera. Ligerísima. Etérea.
Me gusta sentirme así porque no me canso nunca.
Noto como me traviesa la luz, y la energía.
Siento que si me concentro puedo volar. A veces sueño que vuelo. Muevo los brazos, como si estuviera nadando y me despego del suelo y me paseo por el techo de las casas, suspendida en el aire, avanzando a brazadas.

Pero a veces me siento pesada como una losa de cemento armado.
Peso tanto que le pecho se comprime y no puedo respirar.
Peso tanto que no me puedo mover.
Es tan tremendo el peso que lo tengo que romper de algún modo. Y cuando me doy cuenta me esfuerzo y respiro fuerte fuerte, me lleno de aire, hasta que las costillas no dan mas de si, y lo dejo salir fuerte fuerte, y repito. Y luego lloro. Y luego escribo. Y ya me siento mejor.

Me siento ligera porque la vida es una experiencia magnífica. Es un privilegio. Es lo único que tenemos, no hay más, eso o La Nada.
Me siento pesada porque hay mucho sufrimiento injusto. También me pesa la perdida de los seres queridos.
Mi equilibrio en todo esto: el amor. Amar la vida, amar a las personas, amar la tierra, amar en el sentido más amplio del termino, amar de venerar con amor, de recordar con amor, de perdonar.
El amor me hace ligera.
El desamor se convierte rápidamente en cosas que pesan mucho.

No puedo dejar de preguntarme si esto del amor le servirá a todo el mundo o solo nos sirve a unas pocas.
Ojalá le sirviera a todo el mundo.
Ojalá todo el mundo pudiera volar cómo yo.

jueves, 15 de mayo de 2014

y empiezo de nuevo

Este es un texto que muy poca gente leerá porque este blog ya casi no lo lee nadie. Lo he abandonado, casi como en cierto sentido me he abandonado a mi misma desde que tengo un trabajo fijo y mi vida empezó a ser algo más lineal. Digo algo más lineal porque creo que no puedo aceptar una vida lineal. No me debe gustar. Cuando me meto en todos esos líos en los que me meto a veces me da por añorar la simplicidad de una vida sencilla, una vida de esas con un patrón de un solo trazo llena de falsas seguridades y plagada de tópicos de Walt Disney. Pero la realidad es que en cuanto me queda un mínimo esbozo de paz consigo arreglármelas para romperlo, de modo que entiendo que la paz no debe de ser para mí.

Hoy estoy agitada. Comida por fantasmas que en realidad no son tales, hundida por el peso de mis decisiones locas y con una tremenda sensación de que podría estar haciendo más por mí y por mis compañeros. Soy una apasionada y eso es mi mayor virtud y mi mayor condena. No sé despojarme de ese fuego irracional que combustiona mis pensamientos y mis actos. A veces me veo como un personaje de comedia griega, siempre llorando ya sea de risa, de emoción o de dolor. Lo siento todo tanto que me extraña no tener ya todo el pelo cano.

Hace un par de años, antes de llegar a donde estoy ahora tuve una época especial. Fueron unos años muy especiales llenos de aprendizaje. Fueron años muy duros, difíciles pero tan sumamente enriquecedores. Trabajé con gente que me ayudo a crecer como pocas veces antes en mi vida. Empecé a tener convicciones muy fuertes, sobre mí, sobre el equilibrio entre mi yo y mi alrededor. Me dediqué tiempo y le dediqué tiempo al mundo que me rodeaba. Lo echo de menos. Ahora me miro y ya no me veo. No me queda resuello. No escribo. No leo. No observo. No tengo tiempo, o fuerzas o fuerzas para encontrar ese tiempo. Más bien esto último.

Añoro mis viajes en el tren de cercanías desde Vicálvaro al centro de Madrid. En esos trenes viajaba mucha gente que me recordaba todos los días la miriada de vidas que coexisten tan cerca de nosotros. Los trabajadores extranjeros, los pobres desdentados de El Pozo, la clase media oficinista, los abuelos que cuidan a los nietos para que sus hijas puedan trabajar. En medio de eso yo, una especie de bestia parda, mixta, polivalente, un oximoron con patas. Echo de menos esa realidad que me hacía sentirme tan viva. Ahora a veces me siento en una burbuja, recibiendo toda la información en diferido mientras pierdo la fe en mi humanidad.

El otro día vi una obra de teatro que recordó todo lo que soy y lo que puedo ser. “Un pedazo invisible de este mundo”. Me recordó que tenemos muchas cosas por las que luchar. Hay que cambiar el mundo, desde adentro hacia afuera. Pero ayer se me olvidó todo y me caí en un pozo muy negro y muy feo. Ayer se me olvidó que yo soy muy necesaria, como lo eres tu que me lees. Se me olvidó que si yo estoy bien el resto da igual. Se me olvidó que la vida es del color de la que lo pintas, y dejé que una minucia me ensuciara el cuadro en el que quiero vivir.


Deberíamos ser mucho más listas. Deberíamos ser mucho más enteras. Todavía más. Porque somos muy necesarias. Todas. Y todos. Después de visitar los infiernos, reboto en el fondo y empiezo a subir como una sirena, deslizándome a través de este post. Me cambio mi anillo de dedo para recordar que tengo que tomarme el tiempo de ser lo que quiero ser. Y empiezo de nuevo. Mucho mejor.